Automatización, inteligencia artificial y desigualdad en América Latina: Conversación con Andrés César

Entrevista a Andrés César (CEDLAS-UNLP) realizada por Annabelle Köchling (Master student at Lateinamerika-Institute-LAI, Freie Universität Berlin) / Agosto-2025 /

¿Por qué investigas la automatización y la inteligencia artificial en América Latina?

Los cambios tecnológicos representan un enorme avance en la historia de la humanidad y traen consigo transformaciones profundas en la sociedad: cómo percibimos el mundo, cómo nos adaptamos. Si bien muchas cosas se facilitan, también surgen desafíos. A corto plazo, no es evidente que la forma en que interactuamos con la tecnología beneficie a todos. El mercado laboral se ve afectado, y existen asimetrías en el acceso a la tecnología. Por lo general, los trabajadores con mayor nivel educativo tienen una ventaja. Lo mismo ocurre con las empresas: aquellas con más capital tienden a concentrar los beneficios de la adopción tecnológica temprana.

Esto genera dinámicas divergentes. Las firmas más grandes, generalmente vinculadas a mercados internacionales y con mayor capacidad de inversión, incorporan tecnologías como robótica avanzada o sistemas de inteligencia artificial, mientras que las pequeñas y medianas empresas (PyMEs), que conforman la mayoría del empleo en América Latina, quedan rezagadas. El resultado es una ampliación de las brechas de productividad, que se traduce en desigualdad salarial.

Además, como vivo en Argentina, un país tan desigual como el resto de América Latina, estos temas me resultan especialmente interesantes. Uno es consciente de estas asimetrías y es importante entender que nuestras economías aún están en desarrollo, y enfrentan un doble desafío: integrarse a una economía global donde la innovación es clave, y al mismo tiempo proteger el tejido social de los efectos excluyentes de esa transformación.

¿Cómo se manifiestan estas asimetrías?

No todos tienen las mismas condiciones de acceso a la tecnología. Por ejemplo, hay desigualdades regionales: zonas rurales y periferias urbanas a menudo carecen no solo de conectividad, sino de otras infraestructuras básicas necesarias para aprovechar las oportunidades digitales (educación, salud, electricidad estable, etc.). Si bien hoy casi todos tienen un celular con internet, el acceso a tecnologías que realmente transforman el trabajo–como computadoras, software especializado, maquinaria automatizada–sigue estando concentrado.

También hay barreras educativas: incluso si se tiene acceso físico a la tecnología, sin las habilidades digitales y cognitivas necesarias su potencial transformador se reduce drásticamente. Estas brechas no son nuevas: el capital humano ha sido históricamente un factor decisivo en los patrones de desarrollo desigual. Pero la digitalización acelera y magnifica esos efectos.

Además, desde una perspectiva demográfica, se observa una fractura generacional. Mientras los más jóvenes pueden adaptarse más fácilmente a los cambios tecnológicos, los mayores enfrentan un desajuste entre sus competencias y las nuevas demandas del mercado. Esto agudiza la obsolescencia de habilidades, una de las causas principales de exclusión en mercados laborales en transición tecnológica.

¿Se puede observar una influencia de las nuevas tecnologías en la elección profesional de los jóvenes?

Es una pregunta clave y creo que aún sub-explorada. Lo que está en juego no es solo la elección de carrera, sino la percepción del futuro: ¿para qué tipo de mundo laboral se están formando los jóvenes? En sistemas educativos que reaccionan lentamente al cambio tecnológico, existe el riesgo de una desconexión profunda entre las currículas escolares y las demandas del mercado.

Además, en contextos de fuerte desigualdad educativa, la capacidad de anticipar los cambios tecnológicos se convierte en un privilegio. Quienes asisten a escuelas privadas o acceden a formación técnica de calidad pueden planificar su trayectoria profesional estratégicamente. Para el resto, las decisiones tienden a ser reactivas y limitadas por las urgencias materiales.

Esto también se relaciona con la función social de la educación. En el contexto de la globalización digital, la escuela no solo debería enseñar habilidades técnicas, sino también formar pensamiento crítico y resiliencia: elementos cruciales para navegar un entorno de cambio permanente.

¿De qué manera el avance tecnológico puede impactar en la brecha de género?

Los patrones de género en el empleo tecnológico reflejan una segmentación estructural persistente. A nivel global, las mujeres están subrepresentadas en STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), tanto en la educación como en el mercado laboral. También en ocupaciones gerenciales. Esto se explica principalmente por factores culturales, sesgos institucionales y políticas públicas insuficientes.

No obstante, hay un giro interesante: el avance de la automatización y la IA está elevando el valor de habilidades socioemocionales, como la empatía, la comunicación o el trabajo colaborativo. Diversos estudios muestran que estas competencias tienden a estar más desarrolladas en ocupaciones altamente feminizadas, como la docencia o los cuidados. Esto abre una ventana de oportunidad para redefinir el valor económico del trabajo históricamente femenino, pero requiere políticas deliberadas: invertir en la “infraestructura del cuidado” y reconocer estas habilidades como fundamentales en la economía digital.

¿Puede la tecnología contribuir a reducir las desigualdades sociales en general?

En teoría, sí. Pero en la práctica, la historia muestra lo contrario: las olas tecnológicas suelen ampliar las desigualdades, al menos en sus etapas iniciales. La innovación crea ganadores y perdedores antes de que los beneficios se difundan ampliamente.

Solo mediante una acción estatal inteligente –políticas redistributivas, inversión pública en ciencia y tecnología, acceso equitativo a la educación digital y a la tecnología en general– se puede contrarrestar esta dinámica. Un sistema fiscal progresivo es esencial para capturar parte de las ganancias extraordinarias generadas por la tecnología, y reinvertirlas en bienes públicos. La clave es democratizar el acceso a las oportunidades que la tecnología crea, no solo mitigar sus efectos negativos, en pos de fomentar la movilidad social ascendente y crear sociedades más justas.

En algunos países se observa que la tecnología también puede llevar a un mayor sector informal. ¿Cómo sucede esto?

La informalidad es uno de los grandes retos de las economías en desarrollo. Buena parte del empleo formal en América Latina se genera en empresas medianas y grandes. Cuando estas firmas automatizan muchas tareas y procesos (que antes realizaban personas), las nuevas generaciones que ingresan al mercado laboral encuentran menos empleos formales disponibles. Esto es aún más problemático para jóvenes con menor nivel educativo. Y se vuelve aún más complejo si la automatización genera concentración de mercado.

De modo que muchos de estos jóvenes aceptan empleos informales o trabajan por cuenta propia (semi-informalmente). A su vez, plataformas digitales como aplicaciones de reparto, comercio electrónico o servicios a demanda han permitido nuevas formas de generación de ingresos, pero con condiciones precarias: sin contratos, sin seguridad social, sin estabilidad. Este fenómeno representa una forma híbrida entre informalidad tradicional y nuevas formas de precariedad digital. Aunque estas tecnologías permiten cierta inclusión económica, también refuerzan una lógica de externalización del riesgo al trabajador. Si no se regulan adecuadamente, pueden consolidar una nueva clase de trabajadores desprotegidos en el corazón de la economía digital.

En realidad, el avance tecnológico podría liberarnos de tareas que a nadie le gustan.

Esa es la promesa de la automatización: reemplazar tareas (o directamente eliminar trabajos) peligrosos, repetitivos o alienantes. Pero esto no sucede automáticamente. La historia muestra que sin una redistribución deliberada del tiempo de trabajo, los beneficios de la automatización tienden a concentrarse. En lugar de liberar tiempo, muchas veces vemos que los trabajadores desplazados deben trabajar más horas para compensar la pérdida de ingresos.

Creo que parte de la solución pasa por repensar ciertas instituciones: políticas de jornada laboral reducida, ingresos básicos condicionados, fomento de empleos de alto valor social. Si la tecnología libera tiempo, debemos decidir individual y colectivamente cómo lo usamos: para descansar, para cuidar el medio ambiente, para fomentar el arte y la cultura, para crear e innovar.

Has investigado Brasil, México, Argentina y Chile. ¿En qué se diferencian estos países respecto a la automatización?

Las trayectorias de automatización están profundamente influenciadas por la estructura productiva, el grado de apertura comercial y el lugar que cada país ocupa en las cadenas globales de valor (CGV). México, por ejemplo, tiene una inserción mucho más profunda en la economía estadounidense, especialmente desde el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA). Esto ha llevado a una especialización en actividades de ensamblaje industrial, particularmente en sectores como el automotriz y la electrónica, donde la adopción de tecnologías de automatización es impulsada por estándares globales y por decisiones de las matrices multinacionales.

En cambio, Argentina y Brasil tienen mercados internos relativamente más cerrados, lo cual les permite mantener estructuras industriales más orientadas al mercado doméstico y regional (a través del MERCOSUR). Esto, sin embargo, también ha limitado la presión competitiva para adoptar tecnologías de frontera, salvo en sectores estratégicos o altamente concentrados (como automotriz, agroindustrial o financiero).

Chile, por su parte, presenta una estructura exportadora más primario-dependiente (minería, pesca, agricultura, forestal), donde la automatización adopta formas distintas: en vez de robots industriales, se invierte más en tecnologías de extracción, sensores y logística. De modo que el tipo de inserción internacional condiciona no solo qué se produce, sino también cómo se produce.

¿De qué manera podría la automatización o la inteligencia artificial cambiar la dinámica Norte-Sur en el mundo?

Esta pregunta remite a una de las tensiones estructurales más antiguas de la economía global, estudiada sobre todo por la escuela estructuralista latinoamericana: la categorización “centro-periferia”. A lo largo de la historia, los países del Sur Global han sido integrados a la economía mundial en posiciones subordinadas, como proveedores de materias primas o mano de obra barata. La automatización y la inteligencia artificial pueden alterar —o profundizar— esta estructura.

Por un lado, existe la posibilidad de que tecnologías digitales permitan “saltar etapas” en algunos sectores, como ocurrió en África con la banca móvil. Pero en la práctica, los datos muestran que la concentración de capacidades tecnológicas sigue favoreciendo a los países del Norte. Patentes, plataformas digitales, y centros de I+D están mayoritariamente localizados en EE.UU., Europa y Asia Oriental.

Además, el fenómeno de la “relocalización” de la producción (o reshoring) —empresas multinacionales que repatrian actividades que antes habían deslocalizado al Sur— representa un riesgo para los países en desarrollo, especialmente si esas actividades eran intensivas en trabajo no calificado y ahora son reemplazadas por máquinas en los países de origen. Hay cierta evidencia de este fenómeno en países como México y Colombia.

El riesgo es claro: si los países del Sur no desarrollan capacidades tecnológicas propias, podrían permanecer atrapados en la dependencia tecnológica (o “algorítmica”), como consumidores de tecnología que no participan en su diseño ni se benefician de sus rentas.

Mi esperanza es que a largo plazo haya cierta convergencia, aunque no hay garantía de ello mientras no haya cambios estructurales. Por ejemplo, tratando de reducir la evasión y elusión impositiva de quienes más ganan (por ejemplo, en paraísos fiscales). La tecnología para resolver este problema ya existe, pero aún falta voluntad/determinación política y coordinación internacional.

Y aún no hablamos de los precios de los recursos naturales, ni de los materiales que se usan para fabricar celulares, autos, computadoras. Su extracción es intensiva en tecnología que, nuevamente, suele provenir de países desarrollados. ¿Cuál es el precio intergeneracional de todo esto? Se contaminan y se drenan ríos, se talan enormes bosques como el Amazona. Son serios problemas estructurales que pueden obstaculizar el desarrollo y la calidad de vida en pocas décadas (y esto vale para todo el mundo). ¿Qué sucede después de esta destrucción? ¿Quién asume la responsabilidad? Este situación no puede durar para siempre. Creo que todos debemos asumir parte de la culpa y tomar cartas en el asunto.

La inteligencia artificial más conocida es ChatGPT. Algunos dicen que tiene una orientación de izquierda. ¿Podría ser una oportunidad para la sociedad?

Más allá del debate ideológico sobre los modelos de lenguaje, lo cierto es que estas tecnologías son herramientas con potencial transformador. Sin embargo, su impacto depende de cómo, para qué y quién la utilice. Hasta ahora, el uso de modelos como ChatGPT ha sido mayoritariamente individual, orientado a la productividad personal o a la resolución de tareas puntuales.

Nuevamente, imagino que en América Latina la utilización de estas tecnologías debe ser mucho menor que en países del Norte. Por ejemplo, mientras que la proporción de trabajadores de edad intermedia (25 a 50 años) que usan una computadora en el trabajo es mayor a 70% en países de la OECD, esta proporción disminuye a 35% en países de América Latina (según datos recientes de la PIAAC). Esto se explica principalmente por la estructura y calidad del empleo y por el nivel educativo promedio de los trabajadores. En América Latina, entre un tercio y la mitad de los empleos son informales. Y esto es transversal a todos los sectores: primario, manufacturas, comercio, servicios personales.

Desde una perspectiva estructural, el verdadero potencial emancipador de la inteligencia artificial está en su capacidad para mejorar procesos de toma de decisiones colectivas, fortalecer los sistemas públicos (educación, salud, protección social) y democratizar el acceso al conocimiento. Pero para que esto ocurra, se requiere infraestructura digital, datos abiertos, regulaciones claras y —sobre todo— capacidad institucional.

En América Latina, el riesgo (nuevamente) es que estas tecnologías refuercen la dependencia cognitiva y tecnológica del Norte: usamos sistemas entrenados con datos y normas culturales ajenas, sin desarrollar ecosistemas propios. Una verdadera oportunidad pasaría por crear inteligencia artificial desde y para el Sur, que integre lenguas, problemas y epistemologías locales. Entiendo que ya hay algunas iniciativas que apuntan en esta dirección.

¿Cuál sería tu deseo sobre cómo deberíamos usar la inteligencia artificial como humanidad?

Idealmente, la inteligencia artificial debería servir como una herramienta orientada al bien común, no como un fin en sí misma ni como una palanca de concentración de poder. Esto implica repensar no solo su diseño, sino también su gobernanza: ¿quién decide qué se optimiza?, ¿qué datos se usan?, ¿quién controla los algoritmos?

Desde una perspectiva de desarrollo sostenible y justicia social, el uso de la IA debe alinearse con valores como la equidad, la transparencia, la inclusión y la responsabilidad intergeneracional. En lugar de reemplazar el juicio humano, la IA debería fortalecerlo. Es fundamental preservar el pensamiento crítico, la empatía y la creatividad —las capacidades que nos definen como humanos y que ninguna máquina puede replicar verdaderamente.

La IA debe utilizarse como guía, pero no debemos abusar de ella. Como todo en la vida, la clave reside en encontrar el equilibrio.

Si las nuevas generaciones no aprenden a cuestionar, a discernir y a actuar con autonomía, serán usuarios pasivos de sistemas que no comprenden. Necesitamos una alfabetización digital crítica que no solo enseñe a usar herramientas, sino también a pensar sobre ellas, a debatir su propósito y a imaginar futuros alternativos. Para que podamos lograr transformaciones y sentirnos mejor con nosotros mismos, nuestro trabajo y nuestro entorno. Y sobre todo, para contribuir a crear una sociedad más justa.

Nada de eso es evidente: si de niño no se aprende a pensar críticamente, de adulto es aún más difícil. Por eso la educación es tan importante. Contar con buenos docentes —no solo en la escuela, también en la familia, en el barrio, en la comunidad.

Debemos utilizar las herramientas digitales de manera inteligente y saludable. Y jamás debemos olvidar que el mundo se observa con más nitidez y verdadero realismo por fuera de las pantallas.

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